«Uno cría caballos por placer, y para que le den placer una vez criados. Porque se siente orgulloso de sus caballos… Dios guarde a los caballos y a los amigos»
Omar Alves-Pereira
UN TRANCO, UN GALOPE Y ALGUNA JINETEADA por Juan Manuel Alves
Para homenajear la memoria de uno de aquellos que soñaron e hicieron realidad la introducción de la raza Cuarto de Milla en nuestro país, me honran con la deferencia de referirme a Omar Alves Pereira Pomatta.
Puedo hablar de muchas cosas que uds seguramente ya saben por haberlo conocido; pero también puedo transmitirles como era «el Gaucho», mi tío, mi padrino.
Un «tipo» muy peculiar, a quien Dios (y lo nombro porque era de los católicos que practicaba), le designó una vida marcada por la temprana muerte de su madre, y desde ahí comenzaron a llamarlo «el Gauchito».
Más allá de su educación formal, leyó mucho, muchísimo, investigó y tuvo la gran Escuela que es la vida.
Supo absorber y nutrirse de cada individuo que trataba y se relacionaba con personas y personajes de todos los niveles, edades y costumbres.
Tanto es así, que me atrevo a decir que su ausencia se siente en toda esa «familia» que forjó a lo largo de los años.
Mis primeros recuerdos, son los de un tío que con sus bombachas beige, camisa celeste y alpargatas blancas, llegaba a casa y con sus chistes, bromas y locuras alborotaba a toda la familia.
Él fue quien me subió en sus brazos por primera vez a un caballo.
Él fue quién nombró «Silencio» al primer Cuarto de Milla de mi hermano y como contrapartida, en otra parición de la misma yegua, allá por Diciembre de 1988, yo tuve a «Bochinche», el que con sus 31 años aún me acompaña, ambos hijos de «Hopelessly Devoted».
Él fue quien cuando vislumbró mi pasión por los caballos, esa que compartimos desde temprano, me brindó las mejores charlas, casi seminarios, respecto a ellos y en particular sobre la raza.
Fue exigente, duro, crítico, a veces terco y para nada condescendiente; tuvimos también nuestras discrepancias, propias de la juventud y madurez. Así como también, jugosas charlas, esas que no solo se dieron recorriendo un campo, o con mate de por medio. Porque no sólo sobre caballos eran las charlas y los encuentros.
Era tan multifacético, que nos enseñó desde donde encontrar y como elegir las riendas y el apero apropiado; como a preparar la mejor mayonesa casera, hasta donde conseguir las pastas de su preferencia. Así como, recorrer Bs As para elegir un sombrero, visitar el Café Tortoni o el Museo Molina Campos.
Puedo decir con mucha nostalgia, que los momentos que compartimos, nutrieron nuestro espíritu de amor filial y estaban colmados de ese sentimiento que se profesan maestro y alumno.
Las personas siempre dejan una huella…
Sangre, afecto, afinidades, enseñanzas, risas, muchas risas, encuentros, diferencias; pero entre nosotros, sobresale la de esa gran pasión compartida.
Sepan ustedes que tuve el privilegio de conocer desde un cariz muy íntimo, muy nuestro, a Omar Alves Pereira Pomatta, un amante de los caballos, de la raza Cuarto de Milla, que fue mi tío, mi padrino, «el Gaucho Alves», y esas huellas que quedaron, son de tranco, galope y alguna jineteada…
Qué su galope sea tranquilo y en paz.


